28 jun. 2017

1

Me obligaste a quererte
cuando yo ya no me quería a mi misma.
Me apretaste 
y me exprimiste 
hasta lo último que quedaba de mi, 
te lo llevaste y lo escupiste. 
Me terminaste de sacar la poca luz quedaba adentro mío, 
y le pegaste.
Me hiciste darte hasta lo que no tuve,
para intentar deshacer lo que vos hiciste de mi. 
Me maltrataste 
hasta el poco cariño que quedó, 
y de ahí me borraste la sonrisa
 con la tuya en la cara. 

Y me hiciste creer en un país de las maravillas, 
que nunca existió. 
Me hiciste crear una persona de mi 
que no conozco, que nunca supe quien era.
Me sacaste de mis cabales, 
y me volaste la cabeza con un revolver. 
Para después hacerme creer 
que las culpas y las cruces son mías,
y que tengo que hacerme cargo de las cosas que nunca hice.
Me mentiste para que crea en una realidad 
que no existió. 
Me creí también mis propias mentiras, 
y cómo me las creí. 
Hasta convencí a los demás, 
y ellos confiaron en mi. 
Mentí por vos, 
y por la persona en la que me convertiste.
Estaba contra la pared,
ya ni si quiera me la llevaba puesta.
Me gustaba creer que no era si, que era progreso. 
Y me di cuenta
que jamás avanzamos, 
retrocedimos todo lo que (alguna vez?) 
construimos (juntos?). 

Y hoy, 
puedo ver, de verdad. 
Que mi vida se había convertido 
en miles de pedazos de vidrio, 
que colgaba sobre un hilo. 
Me saqué la venda de los ojos, 
y no como la justicia ciega, 
más bien como por arte de magia. 
Pude ver el monstruo que habitó conmigo, 
y que yo permití que me estancara. 
Que me apartaba, 
alejaba, saboteaba, golpeaba y maltrataba 
a ese ente en el que me había convertido.

Todo fue tan violento, 
que pienso y lloro. 
Lloro por no poder haber creído en los demás, 
por no haber creído en mi. 
Porque me dejaste caer 
en los peores momentos de mi vida, 
y te reíste
hasta no verme tocar el fondo. 
Y aún así seguiste.

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